“Soñar el país de las maravillas” en CaixaForum Madrid

 

  “Soñar el país de las maravillas” comenzó más como un atasco que como un sueño… pero por suerte, en la última parte, el montaje hizo justicia al título. Ojalá la magia no hubiese tardado tanto en llegar.
 Como el libro que la inspiró, la exposición buscaba celebrar 160 años de creatividad pasando por diferentes disciplinas: desde la literatura y el cine hasta la moda, la ciencia o el teatro, todo parece haberse dejado tocar por el universo fantástico de Alicia. Con más de 280 piezas provenientes del Victoria and Albert Museum —que nació casi al mismo tiempo que la propia historia de Alicia—, la muestra prometía un recorrido tan amplio como ambicioso.
Pero esa misma amplitud, al chocar con un espacio que, si bien es generoso en dimensiones, no logra absorber el flujo constante de visitantes, convirtió la experiencia en un laberinto denso. La acumulación de objetos y textos, sumada a la gran afluencia típica de las exposiciones de la Fundación, terminó una vez más por desbordar al visitante. La curiosidad que mueve a Alicia se volvía aquí, al menos en un primer momento, una prueba de paciencia. Es una pena porque en este primer ámbito se ahondaba en los antecedentes y el contexto literario, social y político que rodearon la creación de Alicia en el país de las maravillas y su secuela a manos de Lewis Carroll mediante recortes, facsímiles, objetos y múltiples soportes visuales como bocetos, artículos de prensa y fotografías.

 Aun así, entre el ruido visual y la saturación de estímulos, empezaron a asomar decisiones curatoriales que merecían una pausa. La exposición llevó la firma de Kate Bailey, conservadora senior de Teatro y Performance del Victoria and Albert Museum de Londres, cuya mirada escénica se filtró de a poco entre vitrinas, ilustraciones y fragmentos audiovisuales. No me queda claro si el montaje fue íntegramente obra del equipo británico o si respondió también a una colaboración más estrecha con el equipo de la CaixaForum Madrid, dirigido por Isabel Fuentes. Estuvo presente una intención clara de mostrar cómo la historia de Alicia se ha reinventado —y representado— a lo largo del tiempo, en distintos lenguajes.

 ¿Por qué Alicia sigue siendo tan actual, más de 150 años después? Esa pregunta, que estuvo presente en toda la exposición, se sintió mucho más cerca en la última parte, donde el espacio se abría finalmente y la experiencia se volvía menos abrumadora. Aquí, lejos del gentío y el exceso de textos, se invitaba a reflexionar sobre cómo esta heroína victoriana tan curiosa, rebelde y creativa sigue inspirándonos hoy en día a cuestionar las reglas y a mirar el mundo con otros ojos. Esa conexión entre la imaginación y la lógica se percibe con fuerza en este tramo final.
 La última parte de la exposición sorprendía con una puesta en escena inmersiva a cargo del escenógrafo y dramaturgo Ignasi Cristià, conocido por sus proyectos museográficos y teatrales. Aquí, los visitantes se convertían en Alicia, siguiendo su viaje a través de textos y espacios que jugaban con cambios de escala, color y formas. Escenas icónicas como la caída por la madriguera del conejo, la fiesta del té del Sombrerero Loco o el estanque de lágrimas se sucedían, invitando a viajar entre lo real y lo imaginario. Este montaje lograba transportar al público a un universo de fantasía donde la reflexión sobre por qué Alicia sigue siendo tan vigente se representaba de manera clara y envolvente.
 Dentro y fuera del marco del cine comercial, se ha reversionado esta novela innumerables veces, pero fue Disney quien consolidó este icono con la película que más impacto cultural ha tenido en la conciencia de múltiples generaciones desde su estreno en 1951. Definitivamente me quedo con este apartado donde se presenta moda contemporánea inspirada en los personajes del libro. Obra de diseñadores internacionales, algunos aparecidos en Vogue y en desfiles de pasarela, las reversiones de estos trajes desde la óptica del siglo XXI me han encantado.


 Una exposición con altos y bajos, “Los mundos de Alicia” propuso un viaje onírico que por momentos costó seguir entre tanta gente y tanto texto. Pero al final, la maravilla de estos personajes aparece confirmando una vez más la vigencia de esta historia de un erudito victoriano que fue fotógrafo, matemático y escritor. La historia de Alicia nació como un relato improvisado durante una tranquila tarde de verano en 1862, cuando Lewis Carroll se lo narró a Alice Liddell y sus hermanas mientras paseaban en barca. Lo que comenzó como un simple cuento infantil pronto se transformó en una obra cargada de simbolismo y temas universales: Carroll se inspiró tanto en su entorno cotidiano como en su experiencia académica en la Universidad de Oxford, dando forma a un universo que, aunque fantástico, es también un espejo de la sociedad victoriana: una época de cambios profundos marcados por la industrialización, el avance del conocimiento y una nueva visión del mundo.




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