El "coup de cœur" de
la presencialidad
Cuando aprendía francés, mi
profesora insistía en que consulta cada palabra en un diccionario físico: un
volumen pesado, de páginas amarillentas, que parecía exigir tiempo y paciencia.
Recuerdo con nitidez el día en que me encontré con una serie de expresiones
construidas alrededor de “coup” (y recuerdo como si fuera hoy, el olor de ese
libro). Entre ellas, una se me quedó grabada de forma casi inexplicable: coup
de cœur. No era solo una traducción (“flechazo”, “amor a primera vista”),
sino una forma de nombrar algo inmediato, casi físico, que no pasa del todo por
lo racional. Ese concepto, por alguna razón, se quedó conmigo.
Años después, esa idea reaparece algunas veces
que entro en una galería casi por accidente, en mi ciudad por lo general, pero
también viajando. No como resultado de una búsqueda planificada, ni tras
investigar artistas o exposiciones en línea, sino simplemente al pasar por una
calle y ver un espacio iluminado, abierto, con obras visibles desde fuera. Hay
algo en la disponibilidad de esa presencia tangible que me interpela. Si ese
lugar no existiera físicamente, si no estuviera ahí, dispuesto a ser
encontrado, ese encuentro no ocurriría. Es difícil imaginar ese tipo de
experiencia trasladada por completo al entorno digital. La lógica de internet
suele ser otra: buscar algo específico, seguir una recomendación, moverse
dentro de circuitos ya más o menos definidos. Rara vez alguien decide explorar,
de manera espontánea, artistas en un barrio concreto sin una motivación previa.
En cambio, el espacio expositivo físico introduce el azar, la deriva, la
posibilidad de desviarse del propio recorrido y entrar sin saber muy bien qué
se va a encontrar. No paro de pensar en la necesidad casi física que siento
últimamente de volver a lo analógico.
En ese gesto mencionado aparentemente menor -entrar
sin plan- se abren formas de relación que exceden lo puramente visual. Están
las conversaciones imprevistas, los intercambios con quienes trabajan en el
espacio o con otros visitantes, pero también ese momento más silencioso y
difícil de explicar: el coup de cœur frente a una obra. Una conexión
inmediata, no mediada por algoritmos ni por descripciones previas, que ocurre
en presencia, en el tiempo compartido entre cuerpo, objeto y espacio. Un amigo
me relataba lo que sintió cuando, apenas llegar a vivir a Madrid, entró en una
galería pop up durante la Semana del Arte y vio una obra expresionista que lo cautivó.
Sin dudarlo preguntó el precio, y dialogó con la galerista. Esa obra, hoy, está
colgada en su salón.
Por eso, más que oponer lo virtual y lo
presencial de manera tajante, quizá convenga pensar en lo que se pierde cuando
la presencia se descuida. Un espacio que no abre en horarios amplios, que no se
sostiene en su dimensión física, no solo limita su visibilidad: renuncia
también a esa capacidad de generar encuentros imprevistos, de propiciar
vínculos que no habían sido buscados. Lo digital puede amplificar, documentar,
incluso anticipar; pero difícilmente puede reemplazar del todo ese momento en
que algo sin previo aviso nos llama desde una acera y nos hace entrar. Cuando
estábamos en la pandemia, parecía lejano el momento de volver a disfrutar
eventos en persona. Sin embargo, ese momento llegó y las galerías tuvieron
frente a sí un momento de gran efervescencia, una especie de tabula rasa donde
poder ofrecer alternativas más arriesgadas, híbridas, distintas. Algunas,
cogieron esta oportunidad al vuelo. Otras, se vieron más incómodas ante estos
desafíos de pasar una metamorfosis y salir airosos.
Muchas galerías no tienen un problema “de
público”, sino de consistencia en cómo sostienen su propia presencia. La buena
noticia es que no requiere reinventar el modelo, sino tomarse en serio lo
básico y amplificarlo con intención. No creo que exista una “receta” igual para
todas las galerías, pero qué bonito es cuando todo fluye. Abrir de forma
regular no es logística: es parte del proyecto artístico. Un horario fiable
construye hábito y confianza. Si una galería no puede sostener un calendario
amplio, es preferible reducirlo pero cumplirlo con precisión casi ritual. La apertura vista como gesto curatorial (no
meramente administrativo, “por cumplir”). La previsibilidad también es una
forma de cuidado hacia el espectador. Yo, por ejemplo, cuando tengo tiempo
libre luego de mi trabajo habitual ya sé a qué galerías puedo ir hasta que cae
el sol. Lo mismo con los sábados: se puede planificar un circuito propio, como
hicimos hace poco con una colega artista, por barrios determinados
(Carabanchel, en nuestro caso, pero se podría extrapolar a Usera, Malasaña o
Salesas).
Ese momento de “pasar y entrar” depende de
señales muy concretas: iluminación, obras legibles desde el exterior, puertas
abiertas (literal o simbólicamente). No se trata de espectacularizar, sino de
ofrecer un umbral claro. Es necesario hacer visible la invitación desde la
calle. Una galería cerrada visualmente se comporta como un enlace roto, se
erige un muro que el visitante tímido o principiante en la materia difícilmente
cruzará. Hay que ayudarlo. Hay que programar la presencialidad, no solo la
exposición. No basta con inaugurar un día. Activar visitas comentadas breves,
encuentros informales con artistas, micro-eventos recurrentes (aunque sean
pequeños) genera razones para volver. La clave es la frecuencia y la cercanía,
no la grandilocuencia. Explicar a quien lo necesita, darle un empujoncito.
Quien está en sala puede ser decisivo; una
mediación ligera, disponible, no invasiva, facilita ese coup de cœur: un
miembro del personal que oficie como mediador, no solo vigilante aporta
contexto cuando hace falta y deja espacio cuando no. La experiencia mejora
cuando alguien puede sostener una conversación real. Por eso es tan clave que
se sigan fomentando políticas públicas, junto con iniciativas privadas de
calidad, accesibles, de fomento del estudio de las artes de todo tipo, así como
la regularización de las famosas “prácticas” universitarias, para contar con
profesionales formados, proactivos, curiosos.
Las redes y la web funcionan
mejor como promesa de experiencia que como reemplazo. Sugiero convertir lo
digital en antesala, no sustituto. Mostrar fragmentos, procesos, montajes, y
comunicar claramente horarios y accesibilidad. Lo digital no debería resolver
en pantalla lo que en realidad ocurre en una galería “aquí y ahora”. En los casos
donde hay encuentros con artistas, conversaciones informales, mediaciones no
institucionalizadas, la galería deja de ser únicamente un contenedor de obra
para convertirse en un lugar de intercambio. Lo que se produce ahí no es solo
una visita, sino una experiencia compartida, sostenida por la disponibilidad de
quienes habitan el espacio. Y eso es muy difícil de replicar en la digitalidad.
Se puede reflejar, pero no suplantar una por otra.
En cuando al diseño, hay que
tener en cuenta a este visitante no planificado: pegar cartelas claras,
planear recorridos legibles en pocos minutos, la posibilidad de una visita
breve sin fricción (y quizás, una segunda lectura más detenida para quien
quiera permanecer más tiempo y profundizar. Pero jugar a pensar en un recorrido
en el cual si alguien entra por cinco minutos, que esos cinco minutos tengan
sentido.
Muchas veces se peca de ambición y
personalmente pienso que sin mejores pocas exposiciones bien sostenidas que
muchas mal atendidas. La continuidad (horarios, comunicación, presencia del
equipo) es más eficaz que la acumulación de eventos, al cuidar la escala y la
continuidad se puede brindar un servicio honesto y de calidad. En cuanto a este
punto, una señalización transparente y actualizada puede parecer menor, pero no
lo es: no pueden faltar en “el checklist de la buena gestión de un espacio
cultural” los horarios visibles en puerta y en línea, avisos a tiempo de cierre
excepcionales, información coherente en todos los canales. Cada puerta cerrada
sin aviso puede significar un voto de confianza menos.
Por último, vincularse con el barrio
(comercios, escuelas, otras galerías) crea flujo orgánico. Tejer comunidad
local mediante rutas compartidas, aperturas coordinadas, y pequeñas alianzas resulta
positivo en el corto y largo plazo. No es casual que iniciativas como el
Gallery Weekend Madrid, impulsado por Arte Madrid, funcionen precisamente a
partir de una sincronización radical: decenas de galerías abiertas al mismo
tiempo, con horarios extendidos, recorridos posibles, circulación compartida.
Durante esos días, la ciudad se reorganiza alrededor de la posibilidad de
entrar. Y lo interesante no es solo la afluencia, sino el tipo de experiencia
que se genera: una deriva, casi, donde el visitante no responde a una búsqueda
específica, sino que puede deambular como el flâneur
de otra época. El flâneur es un paseante urbano, observador de la ciudad y
figura literaria del siglo XIX que encarna la experiencia de vagar sin rumbo,
captando la vida moderna y la riqueza del entorno urbano.
Esa idea de deriva encuentra un eco más
cotidiano en ciertos barrios donde las galerías no funcionan de manera aislada,
sino como constelación. En zonas como Salesas o Lavapiés, espacios como Elba
Benítez, Ehrhardt Flórez Gallery o Galería La Cometa permiten algo que lo
digital difícilmente reproduce: entrar en una y, casi sin decidirlo, terminar
en otra. Como si fuese una ronda de bares, donde se toma una cerveza en cada
bar de la misma calle, con amigos y sin prisas. La proximidad física permite construir
un recorrido que no ha sido planificado, y en ese desplazamiento de puerta en
puerta se activa precisamente esa forma de atención abierta que hace posible el
encuentro inesperado.
En cuanto a la dimensión de los horarios y la
continuidad: galerías como Galería Fernando Pradilla o La Fiambrera Art Gallery
operan con una lógica más cercana a la apertura comercial, manteniendo franjas
amplias y estables que facilitan la entrada no planificada. En estos casos
estar abiertos más tiempo equivale, sencillamente, a existir más en la vida
cotidiana de la ciudad. Y eso por supuesto también se traduce en más
oportunidades de ventas.
Por último, algunas propuestas refuerzan algo
aún más difícil de trasladar a lo digital: la dimensión sensorial de la
experiencia. Espacios que desarrollan exposiciones donde el recorrido, el
sonido o la disposición espacial de las piezas forman parte esencial de la
obra. En estos últimos casos la lógica que opera es “dura lo que dura, y si no
lo viste te lo perdiste”. Hay experiencias muy gratificantes, como las
inmersivas, y efímeras.
Para cerrar, mi posición es que
siempre que sea posible, la presencialidad es una práctica que se diseña y se
sostiene. Cuando se cuida, habilita precisamente aquello que lo digital no
puede garantizar: el encuentro no buscado y el coup de cœur que ocurre,
a veces, simplemente porque una puerta estaba abierta.

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